Testamento de un cretino. (Minicuento)

Toda la gente de la sala enmudeció, sabían que era la hora de la verdad. Desde hace unos días les habían avisado de la muerte de Genaro Eloy y toda la ansiedad que se había acumulado, estaba cobrando libertad para escuchar las palabras que marcarían su futuro.

—Bueno ahora me dispongo a abrir el testamento con las últimas voluntades del Señor y Ciudadano Genaro Eloy, fallecido hace apenas 5 días. —Dijo el abogado, apurado para terminar esta “letárgica” reunión y poder ir a casa a descansar.

El tronar de la hoja del sobre rompiéndose se impuso en la sala. Había un grupo pequeño de personas. No eran más de quince.  Habían viajado desde distintos lugares del país para probar suerte y ver si podían o si les tocaba algo en propiedad de Genaro.

—Así, familiares y amigos. Voy a comenzar. —Avisó, el abogado seguido de una carraspeo limpiando su garganta. La viuda, sentada en la primera fila de la sala, apretó los ojos en desaprobación de tan asqueroso acto.

—Escrito el veintidós de julio de dos mil catorce a las diecisiete horas con veinte minutos. Yo, Genaro Eloy Gerundio, dispongo a declarar mis últimas voluntades y memorias en este documento oficial, avalado ante mis amigos y familiares. Como bien saben, yo, fui un dedicado conductor de metro y hasta el día de mi jubilación dispuse siempre de hacer mi trabajo como se requería, con profesionalismo y dedicación. Teniendo una sola falla el día en que por culpa de mi compañero de trabajo Joaquín Pardo, llegué ebrio a trabajar y digo su culpa porque era su cumpleaños y bebimos como malditos indigentes. Ese día, no solo me quedé dormido en un transcurso de estación a estación teniendo que hacer uso de un freno de emergencia debido a la calidad de mi estado, también vomité en el mando del control dejando sin operación la unidad por al menos media hora, hasta que los técnicos lograron reanudar el trabajo y me cubrieron, diciendo que era una falla por falta de mantenimiento, le echaron la culpa a otro técnico que llevaba poco tiempo y lo despidieron. Pero, desde ese día, juré no volver a fallar en el trabajo y lo cumplí. Al menos hasta un día que viaje 3 estaciones con la puerta abierta. Y lo acepto, alguien pudo haber muerto, pero no pasó nada. La gente no es tonta, no es como si se fueran a aventar. Démosle el respeto que se merecen a cada uno de los ciudadanos de esta ciudad. Y de nuevo confieso, ese mismo accidente de las puertas abiertas, pasó, tal vez unas 6, 7 u 8 veces más, creo. Bueno, después de 25 años de trabajo, sí me ahorré 5 años antes de mi jubilación sobornando a unos cuantos ejecutivos para acelerar mi trámite y espero que no comiencen a murmurar acerca del pedazo de basura que fui, porque en realidad les di unas muy buenas botellas y eso es prueba de mi generosidad. 25 largos años en los que viví de todo. Subiéndome una y otra vez en el monstruo de metal color naranja, navegando por distintos barrios y viendo como una y otra vez la gente peleaba para subirse en los vagones. Algunas veces que estaba aburrido, intentaba atraparlos en las puertas como si fueran moscas. Hey, de alguna forma debía divertirme. Ese trabajo me hizo comprarme 2 carros que están ahora lo suficientemente viejos, pero lo suficientemente nuevos como para hacer una balanza en la que su precio es una basura. Esos son para mis 3 hijos varones. Esos tres bastardos que solo agarraron lo que pudieron de mí y solo hacían una llamada para saludarme cada año. Inclusive en año nuevo, pensando que llegarían a visitarme, les preparé una gran comida y en “preparé” me refiero a que puse a cocinar a su mamá para que ustedes, tercia de huevones malagradecidos, ni siquiera se dignaran en llegar. Les dejo dos carros para que recuerden que tienen que pelear por algo en la vida. Así que uno de ustedes, el más idiota, terminará por quedarse con las manos vacías. Ah, y alguna vez oriné en uno de los asientos traseros. ¿En cuál carro? No lo sé. Averígüenlo. A mi querida esposa, fiel como mi gran perro de la infancia: Skipper. Ese perro desgraciado perro que huyó de mi vida y se escapó en cuanto pudo para jamás volver. Bueno, querida Matilde, tú no huíste, pero te acostabas con mi mejor amigo. ¿Y creías que no reconocería su perfume? Si yo se lo regalé estúpida. Bueno tú recibirás una deuda. Una deuda construida con empeño y esfuerzo especial para ti. Una cuenta de 20 años en un burdel. Créeme, que todo valió la pena y en cada una de mis visitas pensé en ti. Si no puedes pagarla, creo que puedes pedirle ayuda a mi mejor amigo. Seguro encontrará la manera apoyarte. Y bueno pasando al final, con mi querida hija. ¿Qué mas te puedo dar? Tú, tu esposo y tus hijos han obtenido todo. ¿Qué esperaban? ¿Un riñón? ¿Un pulmón? Mira que embarazarte a los 15 fue una cosa bastante estúpida.  ¿Pero volverte a embarazar a los 16? Hasta una niña con síndrome de down sabría que eso ni siquiera es digno de una retrasada. Sin vocación, sin trabajo, sin estudios.  Y tu cónyuge nunca me cayó mal, siempre fue bastante atento. Hasta el día que te golpeó ebrio. Mira que te lo merecías, alguien debía golpearte desde hace mucho. Pero no debió hacerlo enfrente de la policía en aquel restaurante. Solo hizo un alboroto lo bastante grande como para terminar encerrado en el torito. El desgraciado regresó con piojos y me contagió. Por una semana no pude dejar de rascarme la cabeza. En fin, a ustedes les dejo el departamento 32 en la esquina de Horacio y Barragán. Con una increíble terraza en la que vi muchos atardeceres y en las que si un día quieren escapar, podrán saltar y morir sin ningún problema. Todo lo demás de mi dinero ya ha sido repartido y no queda más. Nadie se merece nada después de haberme mandado a un asilo con el dinero de mi propia jubilación. Me rompieron el corazón. Miren que esperaba verlos sufrir limpiándome la mierda del trasero y alguien más tuvo que hacerlo por ustedes. Si aún tuviera dinero, se lo daría al técnico que limpió mi vomitada en el accidente en el metro. Fue el único que pudo limpiar mi suciedad. Ahora, váyanse y hagan algo bueno de sus vidas. No los extrañaré. —Terminó el abogado.

La sala se llenó de una extraña sensación de dolor y pena. Nadie podía decir nada. La viuda dejó de fingir su llanto. Algunos voltearon a verla. Unos más, salieron rápidamente.

—¿Alguien quiere que lo lea de nuevo? —Preguntó el abogado. Nadie contestó.

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