No hay mañana.

Despertó. Rodeado de suciedad, de escombros, de hierbas secas en medio de una lancha a mitad de un lago. El bote apenas se mecía. Era una serenidad perturbadora, era una calma incómoda que resaltaba el silencio y la incapacidad de las cosas por moverse. Incluso el vaivén de las olas del lago parecían de un cuadro espectral. El tipo de pintura que más que deleitar causa pánico. Las nubes en el viento acechaban. Sus formas eran sacadas de antiguos cuentos de horror y cada una de ellas molestaba más que la anterior.

Se asomó con temor hacia el fondo del lago. Vio millones de manos agitando. Moviendo con desesperación los dedos. Como si tuvieran segundos de vida y su tiempo fuera limitado. Como si tuvieran que alcanzar algo para subsistir. Una de ellas alcanzó el borde del bote. El bote se movió en seguida. El bote comenzó a inclinarse. Sus ojos observaban las manos acercarse a él. No había escapatoria. Las manos todavía no lo tocaban y ya le quemaban la piel. Alcanzaron su pie. Alcanzaron sus manos. Alcanzaron sus hombros. Comenzó a hundirse. Las manos lo jalaban. Le tocaban la cara. Dejó de ver. Se hundió.

Despertó. Estaba adentro de un armario. Parecía que estaba escondido. Afuera del armario se oía una respiración. Por la rendija de las puertas del armario. Se veía una silueta con una hacha. Lo estaba buscando.

Estaba en otra pesadilla más.

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