Pestilencia en febrero

Fue una decadente y hasta degenerativa tarde en el impredecible mes de febrero; los pies de Susana inmersos en la pudredumbre de las aguas obscuras y pestilentes; inmersas hasta en las más recónditas habitaciones de aquella humilde población. Una tortuosa esencia en el aire, carente de descencia y corrosiva para las esperanzas humanas. De qué valía luchar y plantarse ante el sinfín de la vida, si uno en minutos, podía perder todo; incluyendo la misma dignidad. Susana; a sus 13 años no había visto nada igual; ahí se encontraba ella, plantando con asco los dedos de los pies, mientras su cuerpo yacía sin movimiento alguno debido al shock interno. Ella  observaba, con lágrimas en los ojos, el sufrimiento de sus vecinos, la tristeza de sus padres y a la melancólica tarde pasar con agónico derroche de sentimientos. Un cuerpo, sin vida alguna,  navegaba las tenebrosas aguas. Lenta y taciturnamente recorría dejando un índice de humillación. El cuerpo no sólo  representaba un ser humano ni a un difunto, ni siquiera al vago recuerdo de una motivada sonrisa; no, no más, tan sólo representaba la pérdida del anhelo más remoto en el ser humano, el sentimiento más profundo en el alma; el anhelo de vivir sin miedo.

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