Sálvame internet.

¿Podría acaso existir un botón a la mitad de nuestras vidas en el que pudieras resetear o al menos regresar hasta algún momento de tu existencia? Imagínense regresar al momento de tu primer beso. ¿Harías lo mismo de nuevo?¿Exactamente igual que cómo lo hiciste anteriormente? ¿No cambiarías nada? Ni siquiera hacerlo de una forma completamente diferente. Porque… ¿qué sería de la vida si pudiéramos regresar a cambiar las cosas que nos han enseñado algo? Suficientemente tenemos con la libertad de explorar en internet cosas antes de equivocarnos, porque eso es lo que hacemos ahora. Buscamos, indagamos, nos cercioramos de cosas antes de experimentar, de sentirnos libres. Eso es sumisión de modo indirecto. Estamos en una época en la que no tenemos tiempo de equivocarnos. ¿Acaso hay algo malo en equivocarnos en algo que hacemos por primera vez? Ahí es donde está la magia de aprender. En emitir un juicio incorrecto para ser agredido por la falsedad de tu argumento. Ahí el espíritu se entrena para lo que viene. Pero no, hola Google, hazme la vida más certera. Hola Google dime cómo hago pulpo a la vizcaína. Hola youtube, dime cómo toco una canción en guitarra sin siquiera atreverme a sacarla de oído. ¿No es acaso irónico que la verdadera sabiduría venga del aprendizaje propio y vivamos saltándonos este paso para ahorrarnos tiempo, esfuerzo o cualquier otro sentir de valor que en realidad no lo tiene?

Lulú miró hacia la ventanilla de su autobús.

“Casa 468, calle Benedicto, voy bien por aquí”

Sus grandes ojos negros surcaban los números de cada una de las casas buscando su destino. Sabía que no estaba bien venir.

“Tengo que hacerlo”

Pero algo le hacía seguir arrastrándose a su destino; esa inconformidad de ser adolescente y tener incierto el futuro y el mundo por llegar. Siguió y al ver el número 472, se levantó de su asiento y tocó el botón para indicarle al chofer que quería bajar. El chofer del autobús se detuvo arrastrando las llantas traseras.

Lulú bajó, miró al frente y caminó sin detenerse. Miró su celular: 6:45 PM en la pantalla.

Lo desbloqueó. En un navegador de pantalla escribió: ¿Cómo terminar con tu novio?

3 segundos después aparecieron 411 mil resultados en la búsqueda.

“Termina a tu novio en 4 sencillos pasos.”  Se dijo a si misma.

“1er paso: Dile que tienes que hablar. 2do paso: sé honesta y concisa. 3er paso: No lo beses como despedida. 4to paso: Date la vuelta y no llores.”

Lulú sentía que tenía todo bajo control, como si no fuera a dejar que las cosas se salieran de control. Dio un respiro hondo. Muy hondo. Tocó el timbre de la casa 468 y el novio de Lulú, Raúl, salió. La vio a los ojos. Sabía que Lulú venía a terminar con él. Las señales se lo habían dicho. Lo había buscado en internet. Internet no mentía.

“Tenemos que hablar” Dijo Lulú, mirándolo fijamente.

“¿Hablar de qué?” Contestó Raúl prolongando lo obvio.

“Últimamente estoy sintiendo cosas por Jaime, y tú has cambiado mucho conmigo”

“Tú cambiaste primero, me estás echando la culpa”

“No sé cómo fueron las cosas, pero lo que sí sé es que ya no quiero ser tu novia”

“Me puedes regresar el suéter azul que te presté el día de la feria”

“Sí, te lo mando luego”

Lulú se quedó pensativa, sacó su celular, revisó el 3er paso, luego el 4to.

“¿Me quieres Lulú?”

“Sí, pero como amigos”

Raúl se inclinó para besarla, Lulú quitó el rostro.

“Adiós Raúl” Dijo, se dio vuelta y siguió caminando.

Raúl la vio alejarse de su casa. Sintió un nudo en la garganta al verla partir. Era su primer amor. ¿Qué iba a hacer ahora? Cerró la puerta de su casa. Subió las escaleras. Entró a su cuarto. Se acostó en la cama. Tomó su celular y en el buscador escribió: “¿Cómo curar un corazón roto?”

Anuncios

Círculo de humo.

El hombre apagó lo que quedaba de su cigarrillo sobre el cenicero. Había durado un instante, pero al menos había funcionado para alejar el dolor de su mente. Miró el reloj inmóvil. Congelado.

“Me da un cigarrillo por favor”. Dijo el hombre depositando una moneda sobre la barra.

“Aquí tiene”. Contestó el mesero recogiendo la moneda.

El reloj comenzaba a moverse. Al quemarse, el cigarrillo accionaba el sentido del tiempo y el espacio del que pendía la vida del hombre. Las bocanadas de humo eran palpitaciones que lo hacían despertar de su coma. El hombre volvía a ver, volvía a respirar, volvía a ser.

El hombre apagó lo que quedaba de su cigarrillo sobre el cenicero. Había durado un instante, pero al menos había funcionado para alejar el dolor de su mente. Miró el reloj inmóvil. Congelado.

Testamento de un cretino. (Minicuento)

Toda la gente de la sala enmudeció, sabían que era la hora de la verdad. Desde hace unos días les habían avisado de la muerte de Genaro Eloy y toda la ansiedad que se había acumulado, estaba cobrando libertad para escuchar las palabras que marcarían su futuro.

—Bueno ahora me dispongo a abrir el testamento con las últimas voluntades del Señor y Ciudadano Genaro Eloy, fallecido hace apenas 5 días. —Dijo el abogado, apurado para terminar esta “letárgica” reunión y poder ir a casa a descansar.

El tronar de la hoja del sobre rompiéndose se impuso en la sala. Había un grupo pequeño de personas. No eran más de quince.  Habían viajado desde distintos lugares del país para probar suerte y ver si podían o si les tocaba algo en propiedad de Genaro.

—Así, familiares y amigos. Voy a comenzar. —Avisó, el abogado seguido de una carraspeo limpiando su garganta. La viuda, sentada en la primera fila de la sala, apretó los ojos en desaprobación de tan asqueroso acto.

—Escrito el veintidós de julio de dos mil catorce a las diecisiete horas con veinte minutos. Yo, Genaro Eloy Gerundio, dispongo a declarar mis últimas voluntades y memorias en este documento oficial, avalado ante mis amigos y familiares. Como bien saben, yo, fui un dedicado conductor de metro y hasta el día de mi jubilación dispuse siempre de hacer mi trabajo como se requería, con profesionalismo y dedicación. Teniendo una sola falla el día en que por culpa de mi compañero de trabajo Joaquín Pardo, llegué ebrio a trabajar y digo su culpa porque era su cumpleaños y bebimos como malditos indigentes. Ese día, no solo me quedé dormido en un transcurso de estación a estación teniendo que hacer uso de un freno de emergencia debido a la calidad de mi estado, también vomité en el mando del control dejando sin operación la unidad por al menos media hora, hasta que los técnicos lograron reanudar el trabajo y me cubrieron, diciendo que era una falla por falta de mantenimiento, le echaron la culpa a otro técnico que llevaba poco tiempo y lo despidieron. Pero, desde ese día, juré no volver a fallar en el trabajo y lo cumplí. Al menos hasta un día que viaje 3 estaciones con la puerta abierta. Y lo acepto, alguien pudo haber muerto, pero no pasó nada. La gente no es tonta, no es como si se fueran a aventar. Démosle el respeto que se merecen a cada uno de los ciudadanos de esta ciudad. Y de nuevo confieso, ese mismo accidente de las puertas abiertas, pasó, tal vez unas 6, 7 u 8 veces más, creo. Bueno, después de 25 años de trabajo, sí me ahorré 5 años antes de mi jubilación sobornando a unos cuantos ejecutivos para acelerar mi trámite y espero que no comiencen a murmurar acerca del pedazo de basura que fui, porque en realidad les di unas muy buenas botellas y eso es prueba de mi generosidad. 25 largos años en los que viví de todo. Subiéndome una y otra vez en el monstruo de metal color naranja, navegando por distintos barrios y viendo como una y otra vez la gente peleaba para subirse en los vagones. Algunas veces que estaba aburrido, intentaba atraparlos en las puertas como si fueran moscas. Hey, de alguna forma debía divertirme. Ese trabajo me hizo comprarme 2 carros que están ahora lo suficientemente viejos, pero lo suficientemente nuevos como para hacer una balanza en la que su precio es una basura. Esos son para mis 3 hijos varones. Esos tres bastardos que solo agarraron lo que pudieron de mí y solo hacían una llamada para saludarme cada año. Inclusive en año nuevo, pensando que llegarían a visitarme, les preparé una gran comida y en “preparé” me refiero a que puse a cocinar a su mamá para que ustedes, tercia de huevones malagradecidos, ni siquiera se dignaran en llegar. Les dejo dos carros para que recuerden que tienen que pelear por algo en la vida. Así que uno de ustedes, el más idiota, terminará por quedarse con las manos vacías. Ah, y alguna vez oriné en uno de los asientos traseros. ¿En cuál carro? No lo sé. Averígüenlo. A mi querida esposa, fiel como mi gran perro de la infancia: Skipper. Ese perro desgraciado perro que huyó de mi vida y se escapó en cuanto pudo para jamás volver. Bueno, querida Matilde, tú no huíste, pero te acostabas con mi mejor amigo. ¿Y creías que no reconocería su perfume? Si yo se lo regalé estúpida. Bueno tú recibirás una deuda. Una deuda construida con empeño y esfuerzo especial para ti. Una cuenta de 20 años en un burdel. Créeme, que todo valió la pena y en cada una de mis visitas pensé en ti. Si no puedes pagarla, creo que puedes pedirle ayuda a mi mejor amigo. Seguro encontrará la manera apoyarte. Y bueno pasando al final, con mi querida hija. ¿Qué mas te puedo dar? Tú, tu esposo y tus hijos han obtenido todo. ¿Qué esperaban? ¿Un riñón? ¿Un pulmón? Mira que embarazarte a los 15 fue una cosa bastante estúpida.  ¿Pero volverte a embarazar a los 16? Hasta una niña con síndrome de down sabría que eso ni siquiera es digno de una retrasada. Sin vocación, sin trabajo, sin estudios.  Y tu cónyuge nunca me cayó mal, siempre fue bastante atento. Hasta el día que te golpeó ebrio. Mira que te lo merecías, alguien debía golpearte desde hace mucho. Pero no debió hacerlo enfrente de la policía en aquel restaurante. Solo hizo un alboroto lo bastante grande como para terminar encerrado en el torito. El desgraciado regresó con piojos y me contagió. Por una semana no pude dejar de rascarme la cabeza. En fin, a ustedes les dejo el departamento 32 en la esquina de Horacio y Barragán. Con una increíble terraza en la que vi muchos atardeceres y en las que si un día quieren escapar, podrán saltar y morir sin ningún problema. Todo lo demás de mi dinero ya ha sido repartido y no queda más. Nadie se merece nada después de haberme mandado a un asilo con el dinero de mi propia jubilación. Me rompieron el corazón. Miren que esperaba verlos sufrir limpiándome la mierda del trasero y alguien más tuvo que hacerlo por ustedes. Si aún tuviera dinero, se lo daría al técnico que limpió mi vomitada en el accidente en el metro. Fue el único que pudo limpiar mi suciedad. Ahora, váyanse y hagan algo bueno de sus vidas. No los extrañaré. —Terminó el abogado.

La sala se llenó de una extraña sensación de dolor y pena. Nadie podía decir nada. La viuda dejó de fingir su llanto. Algunos voltearon a verla. Unos más, salieron rápidamente.

—¿Alguien quiere que lo lea de nuevo? —Preguntó el abogado. Nadie contestó.

Reflexiones Caninas.

Los perros se deslizan en este mundo sin cobardía, sin ambición, sin temor, sin desilusión. Pues no conocen lo que para nosotros podría terminar en dolor. Los caninos buscan en el ser humano, es decir en sus dueños, protección. Se saben indefensos ante las reacciones de las personas y con el tiempo, su raza aprendió que debe respetar a la gente que camina en 2 patas. Y qué decir de los humanos, que algunas veces terminan siendo más salvajes que los perros. Es triste pensar que los humanos vemos a los perros como pequeños tapones de nuestros huecos emocionales o territoriales. Para los humanos los perros terminan por ser pasaderos, nunca son eternos, para muchos, siempre habrá un reemplazo. Si a Fido lo atropella un carro, si a Pulgoso le da rabia, si Pongo se lanza a una barranca. Siempre habrá en nuestra mente una reencarnación de ese fantasma. Siempre volverá en nuestro pensamiento la suave esencia del perro anterior. Formando una cadena.

 

Lo triste no es eso. Lo triste es que para el perro. Dueño solo hay uno. El que cuida, el que lo alimenta, el que lo baña, el que le da cama, el que le da techo o cobijo. Para la vida de un perro su dueño lo es y lo será todo. Porque a él le dura toda su vida. Desde que nace hasta que muere, se supone, que el dueño debería estar ahí. Y eso lo ilusiona. Un perro nace ilusionado, nace con esa idea. Es su mantra. Su religión. Un perro no condena con prejuicios, un perro siente y se asegura de sentir. El perro siempre es fiel a sus sentimientos.

 

Si los perros nunca llegaran a conocer el peligro, nunca morderían.

No hay mañana.

Despertó. Rodeado de suciedad, de escombros, de hierbas secas en medio de una lancha a mitad de un lago. El bote apenas se mecía. Era una serenidad perturbadora, era una calma incómoda que resaltaba el silencio y la incapacidad de las cosas por moverse. Incluso el vaivén de las olas del lago parecían de un cuadro espectral. El tipo de pintura que más que deleitar causa pánico. Las nubes en el viento acechaban. Sus formas eran sacadas de antiguos cuentos de horror y cada una de ellas molestaba más que la anterior.

Se asomó con temor hacia el fondo del lago. Vio millones de manos agitando. Moviendo con desesperación los dedos. Como si tuvieran segundos de vida y su tiempo fuera limitado. Como si tuvieran que alcanzar algo para subsistir. Una de ellas alcanzó el borde del bote. El bote se movió en seguida. El bote comenzó a inclinarse. Sus ojos observaban las manos acercarse a él. No había escapatoria. Las manos todavía no lo tocaban y ya le quemaban la piel. Alcanzaron su pie. Alcanzaron sus manos. Alcanzaron sus hombros. Comenzó a hundirse. Las manos lo jalaban. Le tocaban la cara. Dejó de ver. Se hundió.

Despertó. Estaba adentro de un armario. Parecía que estaba escondido. Afuera del armario se oía una respiración. Por la rendija de las puertas del armario. Se veía una silueta con una hacha. Lo estaba buscando.

Estaba en otra pesadilla más.

Melodía de ayer.

Los sonidos que emite un caja musical llegan más allá del oído: llegan a la mente, al estómago, al corazón; persisten para siempre en el pozo de la conciencia humana y hacen eco desde la realización de éstos, hasta el porvenir de todo.

La vida de una bailarina con la carrera truncada es de las cosas más tristes que existen. Augurar un éxito sin contar con la herramienta adecuada para obtenerla puede resumirse en vivir a expensas de una desesperanza interna, una realidad difícil de aceptar.

Tin-tin tin tin.

Aquella bailarina con la rodilla rota, estaba acostada sobre la alfombra. Acostada sobre sus sueños, ocultándolos de la vista ajena, arrebatándolos del panorama y guardándoselos para ella misma. Los apartaba de la realidad. En su mente ella era niña otra vez, era la pequeña que corría por la sala de su casa con 3 globos de diferentes colores. Estaba recreando el momento que más feliz la hacía.

Tin-tin tintin tin.

Su rodilla dolía y al mismo tiempo que el dolor se hacía más agudo, la visión de su recuerdo cambiaba. Veía el día en que bailando, su compañero de baile tuvo el peor error de su carrera. Un mal agarre de la cadera que terminó en un grave accidente. La bailarina cayó y todo su alrededor se hizo junto con su rodilla al tocar el suelo. Después de muchas operaciones, todo fue en vano, la bailarina jamás pudo volver a bailar.

Tin-tin tin tin.

Pero todo el recuerdo de querer ser bailarina no fue propio, todo fue obra de los lazos maternales. Su madre a través de obligaciones hizo lo que creía mejor para su hija y ésta, sin poder decir nada, tuvo que acotarlo. Las negaciones siempre fueron ilusas, su madre estaba empeñada a que su hija bailara. Y justo en esos días la infancia desaparecía y la bailarina comenzaba a aparecer.

Tin-tin tin…

La caja de música paró. Se le acabó la cuerda. La bailarina sintió horrible de ver que la pequeña figura arriba de la caja musical ya no se movía. Ella, inmersa en la tonada, en su mundo en la figura. Estaba ahí, inmóvil junto con todo. Porque al mismo tiempo que se detenía el accionar del mecanismo de la caja, su fantasía se pausaba. Aquella bailarina, odiaba ver que la figura de la niña arriba de la caja musical dejara de moverse con alegría con sus tres globos en la mano. Sin esa tonada, todo perecía.

La raíz.

El trabajo alimenta el espíritu o, más concretamente, al raciocinio social. Pues somos parte de una estructura cual tabique en muralla o grano de arena en fortaleza. No podemos avanzar sin colaborar o tener un puesto productivo en la sociedad. Pero, ¿cuál es el mensaje que los altos pilares de una organización instruyen en los colaboradores? ¿De qué vive la flama que calienta los motores de una institución? Porque no es una motivación al trabajo, no es una intuición colaborativa sino un abstracto sentimiento que denota la sumisión del individuo pero no la sumisión de un grupo. Es decir, en conjunto las personas somos algo, pero en solitud, la instancia de la mente o el esfuerzo de la memoria que anuncia lo que somos se morfea en algo diferente.

Un trabajo no es un proceso, ni una estancia, ni un status. El trabajo es una sociedad en la que se vive o está, se puede decir que el trabajo es en realidad lo que somos, para lo que servimos o para lo que nos hemos preparado. Cuando una persona como individuo deja de pertenecer a un trabajo, la razón de ser, se mueve cual placa tectónica y transforma todo lo que está debajo de nosotros.

A lo que va, el hombre se cría desde pequeño para ser parte de un trabajo, ser parte de una corporación, conseguir dinero y ser entonces productivo. Pero no es a base de motivación que esto se introduce a la mente, es a base de instrucción. Desde pequeños crecemos para pertenecer a alguien que nos pague por jodernos. ¿La raíz entonces de la estructura actual es ésa? Porque establecernos, vivir para nosotros, desarrollar un ego en razón de una estructura construida por el individuo y para el individuo no existe en la razón del pensamiento de la base en sí. Tal cual como alinear un árbol desde que es pequeño para cuando sea grande sirva como sombra; siendo pequeña su frágil corteza no puede poner resistencia. La opulencia de la resistencia en la madurez es indiferente para la estructura; no hay respuesta alguna si desde los inicios no se materializa un grueso punto de partida para el individuo mismo.