Lleno de nubes grises.

El tiempo permanece casi siempre de nuestro lado si se sabe hacer buen uso de él, de su facultad y de nuestros principios aunados a su interpretación. El caos inicia cuando, no siendo parte de la realidad, se invoca un movimiento rápido del tiempo  sin poder lograr una pausa, es como una avalancha de sentimientos poco usados  y modalidades no encontradas.

Era una tarde de abril, el sol quemaba la piel de todos y las calles sudaban con dolor y resentimiento sólo un tramo de sombra creaba el más ambiguo paraíso.

Yo, sentado en una banca gris y con un ramo de rosas rojas sostenido en mi mano, esperaba por mi ferviente prometida para comer en algún bello lugar con manteles limpios, copas elegantes y platillos de nombre pomposo. Era un día de esos donde todo el mundo trae una sonrisa en su rostro, los niños, los adultos, incluso hasta los perros que la gente llevaba parecían extasiados de felicidad por y para el mundo, sin pensar lo que alguna vez mi padre me dijo: “En los cielos despejados es más fácil encontrar nubes grises.”

Cuando decidí comprometerme con mi novia pensaba en lo lindo que podría ser casarse, mantener un patrimonio juntos y olvidarse de todo aquello que se puede hacer en compañía. La idea era maravillosa en un principio, pero con el paso del tiempo las bases se fueron oxidando y poco a poco todo se desplomó. Engaños, mentiras, burlas y chantajes eran el día a día en nuestras vidas y lentamente nos fuimos agarrando rencor, el resultado era claro, mi familia la odiaba y su familia me odiaba, sus amigos querían golpearme y mis amigas querían desaparecerla. No había más que hacer, el destino estaba escrito y parecía que con el tiempo habría menos escapatoria, estaba encerrado en un mundo lleno de masoquismo y no me animaba, con el paso de las horas, a postrarme ante la realidad.

Hoy era un buen día, después de comer, seguro me despediría de ella, dejaríamos todo de lado, cancelaríamos los planes de boda y enfrentaríamos la realidad; la sucia, descarada y humillante situación. Un circo de algarabía que en un movimiento adverso se convirtió en una galería de horror; un tortuoso escenario en el que yo no quería ser la estrella.

Al final del  día, no hubo nubes grises.

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